VIA EMPRESA

Bar Alegría, un bar normal del SXXI

Curtido en la escuela de su padre, Tomás Abellán se queda en solitario al mando del mítico local de Gran Via con Borrell

Tomás Abellán, el propietario del Bar Alegría | CedidaTomás Abellán, el propietario del Bar Alegría | Cedida
El kitesurf es un deporte que se practica en solitario. Tienes una cometa que es tu sostén y que te guía sobre la superficie del agua para deslizarte mientras intentas (muchas veces erráticamente) mantener el equilibrio. Tomás Abellán lo practica. Acaba de volver de Sudáfrica. Aún con el recuerdo del salitre entre los dedos se apoya en la barra de su Bar Alegría. La suave luz se filtra en rojo a través del toldo. Se lee: Bar Alegría. Fundat 1899. Lo recuperó el año pasado en sociedad junto a su padre (Carles Abellán) y Max Colombo (Xemei). Es lunes y, aunque es un día flojo, el vaivén de paseantes delante de la ancha terraza es constante.
Como en el popular deporte, en esta casa de comidas, taberna o, simplemente, bar de barrio que atravesó una etapa “con comida algo venida a menos” –da igual como demos en llamarle-, Tomás se lo ha jugado todo a su habilidad: ha pedido un préstamo para comprarles la parte a sus dos exsocios y sacar adelante en solitario el proyecto. “La verdad es que no había otra vía, cuando mi padre y Max me dijeron que lo dejaban —a los cuatro meses de la apertura— pensé que no tenía más opción. Quedármelo me compensa, aunque esté más pringado. No estaría aquí sin mi padre y sin Max, pero aquí estamos”, señala.  
Empezaron fuertes, quizás con una oferta un poco por encima de la competencia. Ahora, el ticket se ha rebajado, siempre contando con que el Alegría tiene la saludable garantía gastronómica de alguien que lleva batallando en el negocio desde hace diez años. Alguien que las ha visto de todos los colores. “Hay que tener un nivel, un cierto qué. Pero no pretendo inventar nada. Solo dar de comer, que la gente se sienta a gusto aquí y que esto pueda fluir para un vermut, para una comida ligera o para una cena de tapeo improvisada”, explica el empresario. “Siempre había tenido ganas de tener algo mío y cuando mi padre se quedó este bar modernista vi la oportunidad. Así que ahora toca arremangarse y remar”. Razones no le faltan.
 
La estética se ha actualizado en lo básico, respetando lo que ya había antes y le daba valor, e invirtiendo en la reducidísima cocina y en un lavado de imagen que es mágico. La reforma para la apertura fueron 270.000 euros. 70 personas más una terraza por consolidar con 24 plazas más. El equipo, todos formados en casa, viene de Bravo y de La Barra, incluido Divide, el jefe de cocina, y Ximena Arce, la sumiller, que también es otra clásica del grupo Abellán.
El Bar Alegría se desliga poco a poco de la herencia Abellán (que es alargada). Comenzando por la ensaladilla rusa, que ya no es abellanizada, como la de Tapas24, y siguiendo por el “bikini de mi padre”. La escueta carta da opción a unos boquerones en vinagre suaves, a unas exquisitas alcachofas fritas con un romesco tuneado o a unas sepionetas encebolladas que son una fiesta. Más guisito, en el fricandó con robellón o en las albóndigas que ya tenían en la apertura.
La carta de vinos está cuidada, se enfoca a los naturales y a un buen puñado de marcas de vermuts internacionales y de aquí con los que jugar entre platos. Quizás el despliegue bodeguero supera lo esperable y corriente en un bar de barrio. Como en el deporte, es en condiciones extremas cuando la técnica nos hace brillar. Esperemos ver surfeando por muchos años al Alegría desde el chaflán de Gran Via con Borrell.